CRÓNICA DE UNA AVENTURA. GLM EN ESTADO PURO.

Canal estreta – Gra de Fajol – ULLDETER

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Por Lobo Albarino

El plan surgió el viernes, a última hora, como acostumbran a surgir los mejores planes. Hacia la tarde me sonó el teléfono, y como ahora todos los móviles son superpepinacos, entre whatsapp y whatsapp no nos entendíamos el compañero y yo. Después de un rato chateando sin llegar a muchas conclusiones se ve que ya se cansó el compa y me sonó el timbre de llamada:

  • A ver si hablamos como personas normales.

  • Ya es que con esto del whatsapp no hay quien se entienda.

Después de eso lo de siempre, que si una salida del GLM, que si estaba pensando en un corredor en Ulldeter, que si tal que si cual. Ni me lo pensé. Nos vamos. De hecho, igual me lo tenía que haber pensado un poco más, porque se ve que tanto entusiasmo no le gustó mucho a la “apañera”, que veía como se le jodía a ella el plan del fin de semana. Pero en fin, que eso ya es otra historia.

Al día siguiente, tras intentar liar a algún compañero más del glorioso barrio de Sants (sin éxito), me puse a hacer la maleta ya con ganas de marcha. El plan, tal como me lo había comentado el compañero Rebeco del Maresme, era el siguiente: salimos de Barcelona hacia las 21h, llegamos hacia las 23h al refugio de Ulldeter, miramos a ver si podemos dormir en el refugio o si no acampamos. En caso de que no podamos acampar, vivaqueamos. Al día siguiente nos levantamos temprano y p’arriba, con la idea de terminar relativamente pronto y poder volver a casa antes de cenar. Hasta aquí todo bien.

Ya empezamos mal retrasándonos en la salida, lo que supuso que llegáramos al parking de Ulldeter más tarde de lo aconsejable. Luego resultó que el coche era prestado y hacía un ruido raro al que no le quisimos prestar mucha atención. Llegando a Setcases atropellamos a un animal que creemos que era un gato (más bien nos atropelló el bicho a nosotros), lo que a mí particularmente me dejó bastante mal cuerpo. Llegando ya al parking tuvimos una conversación bastante brutal:

  • Bueno tío, como llegamos muy tarde del refu ni hablamos ¿no? Ponemos la tienda por los alrededores y listo.

  • Eeeehh… no he traído la tienda (risas).

  • ¿Cómo? ¿y entonces?

  • Yo había pensado en cavar un “abujero” en la nieve y dormir ahí apretadicos.

  • Brutal (risas de esencia GLM absoluta).

Y así fue como una vez aparcado el coche (sobre un charco congelado de que no sabíamos si seríamos capaces de sacarlo), nos pertrechamos con el equipo y recorrimos los 30 minutos que nos separaban del refugio. Dimos una vuelta por la zona, seleccionamos un lugar y nos dispusimos a cavar con los piolets y los platos del hornillo. Lo cierto es que se notó bastante que ninguno de los dos ha trabajado en la mina. Al poco rato estábamos reventados de cavar y dimos por bueno el resultado, que más que un refugio para dormir parecía una tumba. Una vez organizadas las cosas y estando bien abrigados intentamos encender el hornillo para hacernos una cena (muy tardía) a base de sopa. Y para seguir la serie de acontecimientos súper divertidos no nos funcionó el hornillo. Así que nada, un mordisco de fuet congelado, zumo casi granizado y a la cama. Cabe destacar que al ser sábado pretendíamos tomarnos unas cervezas una vez lográsemos un sitio para dormir, pero entre que estábamos casi en ayunas y que una de las cervezas explotó (suponemos debido a que se congeló) decidimos postergarlo para otro día.

La verdad es que para estar durmiendo al raso a más de 1000 metros, en pleno Pirineo y en invierno no pasamos mucho frío. Al día siguiente con las primeras luces nos despertamos, organizamos el material y enterramos en la nieve lo que no íbamos a subir a la pared, para recogerlo después a la bajada. Sobre las 8 de la mañana ya estábamos en camino. Una aproximación relativamente corta y empezamos el corredor.

El compañero Rebeco del Maresme acusó al principio los kilitos de más y parecía que le costaba tirar p’arriba. Sin embargo, se repuso un poco y en cuanto empezó la parte técnica asumió el papel de “macho alfa” a la perfección. Él llevaba la iniciativa en los largos, y al encontrarse la canal en unas condiciones un poco raras (mucha nieve pero algunos pasos mixtos) la jornada estaba siendo toda una clase magistral de alpinismo en numerosas condiciones. Pusimos desde tornillos de hielo hasta pitones y friends, pasando por alguna estaca de nieve e incluso llegamos a montar alguna reunión con un piolet enterrado en la nieve. Todo estaba saliendo a pedir de boca, con la salvedad de que el avance era un poco engorroso debido a la nieve blanda acumulada, que hacía que nos hundiéramos en ocasiones hasta las rodillas. También debido a esto no íbamos muy rápido, pero tampoco íbamos lentos, superando los resaltes de hielo sin mucha dificultad. Relativamente en poco tiempo alcanzamos la mitad del corredor, en el que había una cueva donde se podía descansar. Supuestamente lo que quedaba era ya lo más fácil. Me río yo de Janeiro.

El compañero Rebeco se dispuso a tirar en el largo posterior a la cueva. Tras salir por un resalte de roca, donde debería haber hielo bien formado resulta que sólo había más roca. Lo cierto es que no era excesivamente difícil (pasos de IV+ a lo sumo), pero no se podía proteger prácticamente nada, hasta el punto que llegabas a un momento en el que la caída no era una opción. El seguro más cercano se encontraba unos 10 o 15 metros más abajo. Esto se traduce en que un solo fallo podía suponer un ostiazo de los que hacen historia. Sin embargo, el compañero tiró p’arriba cual rebeco y logró montar una reunión en zona segura. Mientras subía, yo charlaba tranquilamente con una pareja de escaladores que nos habían alcanzado a la altura de la cueva, aprovechando la huella en la nieve blanda que les íbamos dejando. Me comentaban que les había costado superar los resaltes de hielo del principio de la vía, y que dudaban de cómo estaría el resalte de roca posterior a la cueva. Yo les comenté que el compa ya había subido y que les cantaría un poco cómo estaba el tema a medida que yo lo subiera. Una vez que el compa me cantó la reunión me preparé y al lío. En un principio pensé en hacerlo en drytooling, pero se me quitaron las ganas y superé la parte rocosa escalando sin los piolets. Una vez en la reunión, me puse a tirar el siguiente largo.

Cuando ya llevaba unos 20 metros de largo, escuché un grito pidiendo ayuda de la parte de abajo. El compañero que iniciaba el largo del tramo de roca de la cordada que nos seguía estaba en apuros. Había llegado al punto en el que si te caías tendrías un problema, y aguantando como podía nos pedía que le echásemos un cabo. Rápidamente actuamos. Yo busqué un sitio relativamente estable en el que asegurarme, pero no lo encontré. Me acomodé como pude en una especie de repisa y solté una de las cuerdas a las que estaba asegurado. El compañero desde la reunión de abajo se la intentó hacer llegar a escalador en problemas, pero no había manera. Con los nervios, el tío se había desplazado hacia la derecha buscando algún lugar donde meter un pitón o un friend. La mala suerte hizo que si estaba mal, se pusiese aún peor. El compañero desde su posición no conseguía hacerle llegar el cabo. Los segundos pasaban y el escalador nos decía que estaba muy precario, que se podía caer, que lo ayudáramos…

Como el primer cabo no le llegó, mi compañero me pidió que me desencordase de la otra cuerda. Me lo pensé. Me quedaba vendido, no estaba asegurado. Sin embargo no podía decirle que no. El escalador que nos seguía se podía caer y hacer mucho daño. Quizás algo peor. Al estar relativamente estable en la repisa, me desencordé y le pasé el cabo. Mi compa se lo hizo llegar al tipo en cuestión. Con mucho cuidado se fue desplazando hacia la izquierda hasta que pilló el cabo. Uff. Respiraron. Se había salvado.

Yo mientras tanto desde arriba me estaba poniendo nervioso. Veía que pasaban los minutos. Muchos minutos. Yo no me enteraba bien de lo que pasaba. Sabía que había problemas, pero no hasta qué punto. Esa incertidumbre, sumada a que estaba solo, desprotegido y que se nos echaba la oscuridad encima, empezó a pasarme factura. Me puse nervioso y me cagué en dios y todos los santos unas cuantas veces. Pensaba en mi casa y en mi gente…

Tras un rato interminable vi aparecer al infatigable Rebeco del Maresme, héroe de la jornada, sonriendo y con cara “de menuda se ha librao”. A partir de ese momento quedaban pocos largos y bastante fáciles, pero el bloqueo de todos, en especial de los dos compañeros de la otra cordada que fueron los que peor lo pasaron, hicieron que el ascenso hasta la cresta de la montaña fuera bastante lento. Los compas de la otra cordada no se atrevían ya a subir solos, por lo que nos vimos obligados prácticamente a hacer una cordada de cuatro personas. Un primer momento de riesgo había pasado, pero ahora nos exponíamos a que se nos hiciese de noche en plena pared y que no pudiéramos salir hasta el día siguiente. Y eso suponía dormir en la pared, de mala manera, sin saco, con viento y con más frío que la noche anterior.

La duda era qué dirección tomar. Llegamos a un acuerdo y tiramos para arriba. A llegar el último de nosotros al final del último largo ya era de noche. Habíamos superado otro obstáculo. Pero quedaban más.

Una vez en la cresta, de noche, desanimados, no sabíamos qué hacer. Suerte que uno de los chicos de la otra cordada tenía un pedazo de pepinaco de móvil que pillaba cobertura hasta en el zulo de Ortega Lara y pudimos llamar al refugio. Una conversación con el guarda y un consejo: subir el Fajol Gran y bajar por detrás. El resto de las opciones descartadas por su peligrosidad, máxime de noche y en nuestra precaria situación de ánimos. Con la luz de la luna veíamos la silueta de la montaña que teníamos que subir y nos parecía lejísimos y altísima. Suerte que el incombustible Rebeco del Maresme ya había hecho ese camino alguna vez y nos contagió las ganas de seguir adelante. Nos pusimos en marcha, y salvando algún que otro paso un poco más aéreo, de una forma bastante segura llegamos a la cumbre. Se trató de un reto más físico, lo que a mí me ayudó personalmente, ya que en el aspecto físico iba bastante mejor que en el técnico o el anímico.

Es curioso, mi primera cima en los Pirineos, en estilo alpino y de noche. Lástima que estuviéramos tan cansados y con tantas ganas de bajar que no hiciésemos fotos en la cumbre.

Una vez arriba, alegría. Habíamos pasado lo peor. Alguno tenía las lagrimillas a punto de salir, pero como buenos machos insensibles que ven el fútbol y beben cerveza, se contuvieron las ganas. A partir de ahí, la bajada larga pero tranquila. Conversaciones sobre cómo nos iba la vida, a qué nos dedicábamos. Nos intercambiamos contactos y nos prometieron una comida de agradecimiento (que no se nos olvida).

Cerca de las 00.30h llegamos al refugio. Cómo no, una vez abajo recuperamos el desarrollo normal de los acontecimientos en una salida del GLM, es decir, volvieron los inconvenientes. Lo que pasa es que los inconvenientes del GLM son molestos pero inofensivos, por eso después de horas deseando una comida caliente, que el guarda no nos hubiese esperado a ver si estábamos bien y hubiese cerrado el refugio no nos molestó apenas. Suena irónico, pero no nos molestó. Lo que nos molestó un poco más fue tener que ir a buscar los malditos cachivaches que habíamos enterrado en el “abujero” en la nieve. Resulta que como somos un poco tonticos lo hicimos bastante lejos del refu, y con alguna que otra “rampa de poner crampones” por el medio. Encima esa noche hizo mucho frío y se había congelado la nieve, por lo que nos vimos obligados a cavar otra vez de lo lindo para recuperar las cosas. Una vez que lo teníamos todo pusimos rumbo al coche. Cómo no, no teníamos claro por dónde era, no veíamos bien con los frontales…

Sea como fuere llegamos al coche, y afortunadamente arrancó y no se quedó atascado en la nieve. Nos despedimos calurosamente de los compas, que nos obsequiaron con unas mandarinas y unas naranjas que nos supieron a gloria pura. Pusimos rumbo a Mataró y se acabó la aventura. En el viaje de vuelta poco que reseñar. Ni atropellamos ningún gato ni nada. Bueno algo sí pasó, en realidad casi nos quedamos sin gasolina y tuvimos que asaltar una máquina expendedora de chocolatinas en Vic. Además alguien me informó de cierto autobús nocturno que salía de Mataró a cierta hora dirección Barcelona, pero tal autobús no existía… Y si a eso le sumas que la lata de cerveza que había reventado porque se congeló el día anterior, la cual iba en mi mochila, progresivamente se fue descongelando a medida que nos alejábamos de los Pirineos empapando todas mis cosas de cerveza rancia, pues obtienes a un chaval medio cadáver, con mala pinta, oliendo a cerveza y entrando en el primer tren dirección Barcelona a las 5 de la mañana. Y eso, como no, supuso alguna mirada y algún comentario por parte de los honrados currantes que madrugaban el lunes para acudir puntuales a sus centros de tortur…, perdón, de trabajo. Pero a mí a esas alturas lo único que me importaba era no quedarme tan dormido que pasara por Sants y no me enterase. Suerte que no pasó y al salir de la estación tuve una calurosa bienvenida perruna.

Como conclusión: una aventura GLM en estado puro, y la conciencia bien tranquila por haber ayudado a unas buenas personas que pasaron un buen susto. Y os lo creáis o no, ¡¡con muchas ganas de más (eso sí, sin gatos atropellados)!!

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